Jorge, un hombre de 50 años y dueño de un negocio, la vida le cambió repentinamente al haber estado atrapado en medio de un enfrentamiento entre delincuentes y agentes federales, cuando con su hijo iba por su esposa al trabajo.
Apenas anochecía cuando el tableteo de las armas empezó a retumbar en sus oídos. Iba manejando cuando unos hombres armados le hicieron el alto y lo obligaron a bajar del auto.
"No supe qué hacer. Estaba aterrorizado, pero me contuve porque mi hijo estaba conmigo lleno de miedo y lo que hicimos fue escondernos detrás del carro", cuenta afuera de las oficinas del área de salud mental que la Secretaría de Salud dispone para este tipo de casos.
El enfrentamiento, de acuerdo al testimonio de Jorge, duró casi 40 minutos, por lo que al lado de su hijo de 12 años vivió el pánico que jamás había experimentado.
Mientras, comenta, su hijo le preguntaba por su mamá, porque su trabajo estaba cerca de ahí. Pero él no se atrevió ni a tomar el celular para alertar a su esposa por miedo de que lo vieran y lo confundieran con uno de los que protagonizaban la balacera, recuerda. "Le decía a mi hijo que todo estaba bien, que su mamá estaba segura... éramos varios, unos gritaban o lloraban", explica con tono nervioso, moviendo de un lado a otro una pierna.
Menciona que después de ese evento se volvió nervioso e impaciente, incluso descuidó su negocio por temor a salir y vivir otra experiencia similar.
Ese día, después de unos minutos cuando se dejaron de oír los balazos, se animó a subirse al auto e irse con cuidado, pero aparentemente más tranquilo.
Sin embargo, al otro día, dice, su esposa empezó a darse cuenta que él estaba más irritable y con miedo de salir. "También me sudaban las manos", añade. Así acudió junto con su pareja a un médico, que luego lo canalizó al centro de atención psicológica, a donde acude desde hace meses.