Los vieron por primera vez y se llenaron de alegría. "¡Bievenido!", exclamaron cuando cada uno nació. Pero la vida les dio tiempo para verlos crecer, ofrecerles su sabiduría y sacrificios paternales para llevarlos a la cumbre del futbol mundial.
Hoy están más que orgullosos del triunfo que sus retoños -traviesos desde la infancia- comenzaron a gestar hace un año, en el Mundial Sub-17 que se jugó en México.
Julio Gómez padre y Pedro Bueno, papá de Marco, recuerdan en charla con CENTRAL DEPORTIVA lo que sus chamacos campeones de la justa infantil representan en sus vidas, los primeros regalos que les dieron y las palabras de aliento para que crecieran como personas y a nivel profesional.
"Me representa mucho; yo me reflejo en él, porque siempre quise ser futbolista y nunca lo pude ser. Por eso yo le doy consejos. Yo me veo en el espejo que es mi hijo", describe el papá de La 'Momia' Gómez, ese chavo que se atrevió a eliminar en la semifinales de la Copa del Mundo Sub-17 a los alemanes, con una venda que le protegía una herida en la cabeza, para así enloquecer a la afición futbolística de nuestro país.
Curiosamente don Julio recuerda que el primer tanto de su niño fue un autogol, "porque no le habían dicho hacia dónde tenía que tirar".
También rememora que el día que llegó a casa como recién nacido "lo vestí con mi uniforme de futbol de los Pumas, porque el día en que nació me tocó jugar una final y primero llevé a mi esposa al hospital".
De ahí, Gómez, empleado bancario, fue guía de su hijo bajo la doctrina de la "humildad", para que su muchacho se consagrara con el famoso gol de chilena que hizo en Torreón a la selección teutona.
"Me sentí triste y adolorido por lo que le había pasado [descalabro], pero yo le decía a la distancia que para que se les quitara a los alemanes les hiciera un gol. Lo hizo y ya cuando se coronaron en el Estadio Azteca lo abracé y lo felicité", describe.
El mayor sacrificio de Julio papá fue el permitir que su hijo dejara su casa en Tamaulipas, para cumpliera su sueño de ser futbolista.
Mismo dolor de Pedro Bueno.
"El mayor sacrificio es no tenerlo día a día; porque no es lo mismo saber a qué hora se acuesta, si tiene hambre o no, si está cansado; uno se lo pierde con tal de que él triunfe", asume el progenitor de Marco Antonio, delantero del Pachuca, oriundo de Culiacán, Sinaloa.
Pedro sabe que los tiempos en que le regalaba Tortugas Ninja o muñecos de Dragon Ball Z quedaron atrás. Sin embargo no lo abandona, ya que "me comunico con Marco todos los días por radio o por Messenger".
Ver campeón del mundo a su hijo "juguetón, inquieto, inteligente" es algo que le cuesta describir por la belleza de los sentimientos.
"Son emociones que no se pueden describir, pero es una cosa muy bonita y grande", cuenta don Pedro.
Como un padre feliz, Bueno grita las anotaciones de su retoño con el Tricolor y con los Tuzos.
"Si mete gol, nos abrazamos toda la familia y le doy gracias a Dios por tener un hijo que hace las cosas bien y triunfa", presume.